“Spencer”, la fábula basada en una tragedia real

El nuevo film de Pablo Larraín sobre la princesa Diana de Gales se aleja de las convenciones clásicas del biopic para dar paso a una experiencia cinematográfica que usa a Diana Spencer como excusa para explotar temas como la libertad, el privilegio y el costo de la fama.

La historia se desarrolla durante las vacaciones de Navidad de la familia real de Reino Unido, en las que Diana Spencer (Kristen Stewart), en medio de las sofocantes reglas y costumbres que la rodean, se replantea su matrimonio, sus aspiraciones y su destino como Princesa de Gales.

Pablo Larraín es un director que a lo largo de su filmografía ha usado la ficción para analizar hechos y personajes de la vida real. Si bien “No” y “Neruda” son algunas de sus películas más aclamadas, a simple vista podría parecer que “Spencer” se asemeja mucho más a “Jackie”, cinta que usaba la vida de la ex primera dama estadounidense para mostrar la construcción del mito americano de los Kennedy y la falsedad detrás de lo que llamamos “legado”.

La vida de Diana era tan pública en varios detalles íntimos, que cuando la película los muestra (como, por ejemplo, sus desórdenes alimenticios) uno se siente mal de saber de antemano que eso pasaba; el espectador se siente avergonzado de ser parte de ese chisme que poco a poco está destruyendo a una mujer que sólo busca ser feliz.

“Spencer” juega con la exageración y la farsa para encontrar verdades, y para ello la elección de Kristen Stewart es fundamental. Uno nunca se olvida que está viendo a la actriz interpretar a Diana: cada gesto, cada expresión, cada suspiro es hecho con una acentuación y exageración tal, que la película busca que veas que esta no es la verdadera Diana, sólo una imitación de ella. Gracias al impecable compromiso de Stewart con esta idea, Larraín nos logra transmitir lo que fue la vida de Diana: un teatro, una idea en la que cada persona proyectaba sus deseos y miedos.

“Spencer” es una película impecable llena de contradicciones: los vestuarios son hermosos, pero ninguno (fuera del brevemente mostrado vestido de bodas) es de los icónicos atuendos por los que Diana es tan famosa; hay muchísimas escenas sin diálogos, momentos silenciosos que son acompañados por una preciosa y estridente banda sonora de Jonny Greenwood que amenaza con sofocarnos así como la princesa está sofocada en el gran palacio; el guion se niega a revelar sus mensajes explícitamente, pero recurre a metáforas con tan poca sutileza como las de un cuento infantil (faisanes criados sólo para ser asesinados, múltiples imágenes de Ana Bolena como fantasma en el castillo, Stewart comiéndose ávidamente un collar de perlas que le regaló su esposo).

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