“Las leyes de la frontera” nos hacen revivir el cine kinki de la época

Película presentada durante la 69 edición del Festival de Cine de San Sebastián y que puede tener dos caras en los espectadores. Habrá algunos que conectarán con ella de inmediato y el sueño adolescente que te permiten entrar en la trama a través del personaje. Por el contrario, si sus anhelos te son ajenos te será más difícil de llegar a esa inmersión en la historia.

Daniel Monzón, con guion de Jorge Guerrica Echevarría, adapta una novela de Javier Cercas. Con Las leyes de la frontera estamos ante un thriller adolescente que materializa una fantasía propia de esos años en los que crees que todo puede sucederte y a la vez que eres invencible.

Ignacio (Marcos Ruiz) es un joven de diecisiete años que vive en Girona en los setenta, algo retraído y marginado se pasa las horas en los recreativos de su barrio. Allí conoce a ‘el Zarco’ (Chechu Salgado) y a ‘la Tere’ (Begoña Vargas), dos jóvenes que le propondrán unirse a su particular banda de quinquis. Entre billares, atracos a punta de pistola y televisiones de tubo con noticias de la transición, Ignacio vivirá un verano inolvidable. Ese en el que descubrirá lo que se esconde más allá de lo prohibido, en los barrios de mala fama y junto a las peores compañías.

Las Leyes de la Frontera acaba explotando la burbuja de esa “fantasía adolescente” que se esfuerza en construir. Y hacia el final de la cinta la historia se vuelve más madura, cruda y (para mí) más fácil de conectar con ella. Una conversación alrededor de una mesa entre dos personajes secundarios saca a relucir el duro mensaje que la película quiere transmitir. Lo malo es que para entonces quedan apenas veinte minutos de metraje para desarrollarlo. Se trata de una de las escenas más sobrecogedoras de la película. Más que todos los atracos y persecuciones protagonizados por los principales protagonistas de la cinta. Y es que las escenas de acción funcionan bien dentro del marco de cine de aventuras pero les falta algo de verdad. Aunque se agradece la decisión de españolizar este western a ritmo de rumba, cajón y palmas.

Puede dar la sensación que transmite una sensación rara. ¿Por qué? Dedica mucho tiempo a celebrar unos anhelos y fantasías juveniles que no todos o no vivieron como tal los de esa generación y que quedan anclados en unas dinámicas arcaicas que ya han sido de sobra representadas (como la del chico marginado que reclama su valor uniéndose al grupo de “los malotes” y consiguiendo a la chica).


Más allá de la fantasía esta película está amenizada por los éxitos musicales de los setenta, la película habla de la línea divisoria entre clases y personas. La distancia insalvable que hay entre los que son “normales” y lo que no tienen la opción de serlo. En definitiva, entre aquellos que nacen dentro del sistema y difícilmente serán expulsados y entre los que nacen fuera y nunca serán aceptados.

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