Jonás Trueba: “Me gusta pensar en las películas como espacios privilegiados para compartir”

Quién lo impide es una llamada a transformar la percepción que tenemos sobre la adolescencia y la juventud; la de aquellos que nacieron a principios del siglo XXI y acaban de hacerse mayores de edad; los que ahora parecen culpables de todo a la vez que ven mermadas sus esperanzas. Entre el documental, la ficción y el puro registro testimonial, los jóvenes adolescentes se muestran tal y como son pero como pocas veces los vemos o nos dejan verlos: aprovechando la cámara de cine para mostrar lo mejor de sí mismos y devolvernos la confianza en el futuro; desde la fragilidad y la emoción, con humor, inteligencia, convicciones e ideas. Porque la juventud que nos habla de amor, amistad, política o educación no está hablando solo de lo suyo, sino de lo que nos importa siempre, a cualquier edad. Quién lo impide es una película sobre nosotros: sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que seguiremos siendo.

Hablamos con su director Jonás Trueba en el Festival de Cine de San Sebastián.


¿Cómo se estructura una película que bebe tanto de la realidad y se prolonga tanto en el tiempo?

A golpe de intuición. En 2016 surgió el impulso muy desde la amistad, de forma muy poco pretenciosa. Si hubiéramos dicho «estamos haciendo una película que se va a estrenar en salas de cine», no lo hubiéramos conseguido. Lo que sí había era ambición de hacer una película río a lo largo de mucho tiempo. Una especie de película libre donde cabe todo. Para mí es muy importante trabajar sin presión, que en el cine es una cosa prácticamente imposible. El manejo de los tiempos es casi siempre histérico y muy constreñido. Aquí, milagrosamente, conseguimos sortear todo eso. No teníamos que rendir cuentas a nadie ni había la obligación de hacer un largometraje. Quedábamos para charlar y si acaso rodar.

En sus conversaciones emerge un fuerte componente político. ¿Quería que eso estuviera ahí, que se posicionaran?

Sí había una necesidad de que la película tuviera una parte más reflexiva, pero he tratado siempre de no imponerlo ni forzarlo. Cuando entran en cuestiones más políticas es realmente porque a base de estar ahí con la cámara con ellos, aparecen. Los temas no estaban prefijados. No fue «como estamos haciendo una película de los jóvenes, vamos a meter la política, la educación o el bullying». Entran porque están en su día a día de manera natural y la película es un espacio privilegiado que hemos creado para que ellos puedan estar de la manera más tranquila, libre y respetuosa posible. Es un contenedor donde podría caber todo. En general, me gusta pensar en las películas como espacios privilegiados para compartir.

No había pretensión pero, ¿hasta qué punto le preocupa cómo vaya a apelar ahora al espectador?

Sé que es una película un poco reto, un desafío para el espectador, pero me gusta que sea larga porque el proceso ha sido largo. Hay un destilado enorme de material y miles de horas de montaje [a cargo de Marta Velasco]. Me gusta que el público sienta que estamos compartiendo el proceso con él, que perciba también los titubeos y las contradicciones que la propia película tiene. Dudamos mil veces de lo que estábamos haciendo y eso tenía que estar, no he intentado disimularlo.

Los adolescentes son también un potente target, ¿se plantea esta película más al joven como sujeto que merece ser representado que al joven como posible suscriptor de una plataforma?

Es algo que hemos hablado porque existe una contradicción en ellos que también se ve. Por un lado, reclaman que se les represente como personas normales y sin tanto drama, y minutos antes están hablando de equis película que han visto y que les trata así. Es verdad que para ellos, como en general para el resto de la sociedad, no es evidente el acceso a otro tipo de cine. Hay una escena en la que [la actriz del filme] Candela dice que «ya casi nadie va al cine». Algo que ella realmente piensa porque cuando va con su madre rara vez se encuentra con alguien de su generación. Eso también se cuela en la peli porque es verdad.

Durante el proceso hemos sometido la película a visionados con jóvenes en centros escolares que nos servían para testarnos. Casi siempre decían que a nivel cinematográfico «no habían visto algo así» porque están acostumbrados a ver un tipo de contenido que está en las antípodas. Y a la vez, reconocían que era muy real y estaba muy cerca de lo que ellos son.

¿En qué momento decide recuperar a Candela y a Pablo y convertirlos en los protagonistas de este proyecto al que ha dedicado tantos años, sin saber si saldría adelante?

La verdad fue como algo muy intuitivo con Candela Recio, Pablo Hoyos, Pablo Gavira y Clàudia Navarro. Eran chavales con los que había trabajado en ‘La reconquista’ y siempre me pasa, cuando acabo un proyecto, que me da mucha melancolía, depresión postparto… Pero con ‘La reconquista’ fue algo mucho más fuerte. Yo sentí que se me acababa algo. Fue un punto y aparte internamente. El proceso se me hizo muy corto, porque fueron sólo diez días de rodaje, pero había sido un proceso de cásting muy largo y muy bonito. Cuando acabamos, pensé que sería muy imbécil si no aprovechaba la confianza que se había generado entre nosotros para hacer algo más. Quería transformar esa frustración y esa melancolía en algo nuevo y, sobre todo, más suyo, porque sentía que les había impuesto mi adolescencia. Me apetecía hacer algo todavía más ‘unplugged’. Fíjate que en ‘La reconquista’ éramos sólo quince, que es muy poco, pero en ‘Quién lo impide’ hemos sido dos en el equipo técnico. Tuvimos unas primeras conversaciones con ellos, luego ellos nos llevaron a otros, y esos otros a otros, y la historia se fue complicando porque empecé a ir a institutos un poco por azar, porque sentí que podía permitirme charlas y conocer a más chavales. Primero quise hacer una película de cuentos. Luego decidí meter entrevistas. He ido cambiando mucho, podía haberlo sido todo o nada. Es una película que ha ido cambiando mucho y quise que esos cambios se percibiesen en el montaje. Los intermedios eran indispensables porque hablan de pausas grandes en el propio proceso y sirven para resetear la película. La peli nace de un estado de ánimo muy concreto, pero fue transformándose en una euforia al ver que podía convertirlo en película. Normalmente siempre parto de estados de ánimo, pero en este caso han sido uno muy prolongado.

En las paredes de sus habitaciones nos encontramos posters de Manowar y escuchan guitarreo de los noventa. ¿Se diferencian muchos las dos generaciones, la suya y la de ellos?

He encontrado muy pocas diferencias entre su generación y la mía. Más allá de cosas evidentes como que ellos son nativos digitales, muy pocas. Uno de ellos me decía: ‘las nuevas tecnologías son muy divertidas; pero lo realmente divertido es lo serio que os lo tomáis los mayores”. Ellos tienen una relación más sana con las tecnologías. Más allá de ese tema, todo lo otro que nos importa de siempre es parecido. Les veo mucho como mis amigos de la adolescencia. No me quiero hacer el joven, pero les considero mis amigos jóvenes, aunque les doblo la edad. Eso es porque hay una afinidad y puedes hablar de tú a tú. Por eso no hay adultos en la peli, porque los adultos son ellos.

Me sorprendió al principio, pero luego me hablaban de Nirvana o de ‘Elephant’ de Gus van Sant. Luego pensé: ¡qué tontería! Si a mí me encantaban Bruce Springsteen y Leonard Cohen, que eran de los setenta y sesenta, que eran de la generación de mi padre. Es bonito entender que todas las generaciones arrastran una herencia que suele venir de los hermanos mayores o los padres que te transmiten sus gustos sobre libros, cine, música o lo que sea. Ahora nos sorprende ver nuestros grupos como referentes. Elotro día uno de ellos me dice: ¡Tienes que escuchar a Los Planetas!

El final de la película coincide con el estallido de la pandemia. La opinión pública ha señalado a muchos jóvenes como irresponsables a la vez que el confinamiento les ha afectado en un momento de cambios bruscos, cuando más cambios hay, cuando se toman las decisiones más fundamentales. Por ejemplo, vemos a Candela algo tímida con 15 años al principio de la película y cinco años después a una joven mayor de edad activista y que toca la batería con mucho nervio.

Es como el gag de ‘Atrapado en el tiempo’ con Bill Murray. Un día dice que va a tomar unas clases de piano y luego le invitan a una fiesta, toca el piano de muerte y dice: ‘Lo he aprendido hoy’. La película la he acabado más bien por ellos. Hace un año ‘Quién lo impide’ estaba más cerca de no existir, pero cuando vino el Covid, la crisis y se empezó a señalar a los jóvenes como culpables y propagadores, los sentía tristes y jodidos por estar confinados en un momento crítico de tu vida. Estar alejado de tu pareja en un primer amor, no ver a los amigos, tener relaciones complejas con tus padres en casa… Pensé que, como homenaje, debía acabar la película como forma de dar fe de que son una generación que merece la pena. Pensé que podía aportar esto. Son gente que piensa, que es tolerante, que es generosa. Lo que podíamos esperar de ellos y de cualquier generación, porque está la estupidez de siempre de querer etiquetar y tirar por tierra.

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