James Rhodes dará un concierto mañana en Zaragoza

Zaragoza.  Es posible ser una estrella de la música clásica y vestir camisetas con la palabra «Bach» en la pechera y tener un perfil de Twitter más que activo. El pianista James Rhodes es la demostración de que la belleza de lo clásico encaja mejor que bien en esta era que se acerca a la tecnología 5G.

Rhodes, quien desde hace unos meses reside en Madrid ofrecerá, mañana en Zaragoza el concierto con el que se inaugurará el ciclo Grandes Solistas Pilar Bayona, uno de los más prestigiosos del panorama europeo por el electo de pianistas que aparecerán por la capital aragonesa durante los próximos meses.

El londinense, nacido en 1975, será el primero, lo que supone un magnífico comienzo, pero tras él demostrarán su genialidad al piano solistas como Gabriela Montero, Alexander Malofeev, Josep Colom o Rubén Lorenzo, éste zaragozano de nacimiento.

Que Rhodes dé mañana la salida al ciclo Pilar Bayona no sólo es un acontecimiento musical, pues se trata de uno de los mejores pianistas de la actualidad, sino también cultural, social y hasta político. La figura de Rhodes representa en la era de las nuevas tecnologías algo así como la rehabilitación de lo clásico, o por ser moderno, la «ciberadaptación» de lo clásico. Si Glenn Gould resucitó a Bach en los 60 y los 70, Rhodes ha conseguido que sea hoy, en pleno auge del selfi, del tuit y del wassap, una figura casi familiar.

Además, el solista británico es un notable escritor por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Su libro autobiográfico «Instrumental» narra una infancia y adolescencia infernal, marcada por los abusos sexuales y por sus secuelas en formato drogas y con ánimo suicida. Hace unos meses salió al mercado «Fugas», una exploración de su interior hecha por él mismo durante los meses de una agotadora gira musical. En su cabeza suenan Bach, Chopin y Beethoven, pero también su propia voz, su atormentada y angustiada voz. Lo que une a ambos libros, y lo que en parte hace que la presencia de Rhodes mañana en Zaragoza sea algo más que música, es la capacidad de compositores que vivieron hace siglos para redimir y liberar a un músico que hoy tiene algo más de 40 años.

La relevancia cultural (y política) del londinense se refleja, también, en el objetivo que persigue, como ha reconocido en varias entrevistas: se ha propuesto hurtar a las elites el concepto de música clásica, de modo que para escuchar a Liszt no haga falta ir los más lujosos teatros del mundo. Porque Rhodes ha conseguido ser uno de los platos fuertes de festivales como el Sónar de Barcelona, y eso significa que en el mismo escenario donde triunfa el teclado experimental de James Blake puede triunfar el piano clásico. Dicho de otro modo: te puedes deleitar con Chopin vestido de traje, desde un palco, pero también en bermudas y con una cerveza en la mano dentro del recinto del Sónar. Por tanto, como él mismo ha declarado: «Hay que democratizar la música clásica».

Ayuda en la tarea su activismo en Twitter (tiene unos 79.500 seguidores), ya que lo usa también como altavoz de sus opiniones, o en Instagram; su web propia y su aparición en programas de «prime time» como el «Latemotiv» de Buenafuente, en el que fácilmente se pudo confundir el espectador no familiarizado: ¿ése es una estrella pop? Por su atuendo, con camiseta con la leyenda «Bach» en la pechera, sus gafas de pasta, su vaquero «slim fit» y sus zapatillas Converse, pareciera el cantante de la nueva banda «brit pop» de moda, pero no: su maestría se encuentra en Beethoven. Y delante de todo esto, la música.

Más allá de cómo vista, de sus libros o de sus tuit, está el piano de Rhodes. Piano que mañana conseguirá que Zaragoza, mientras se acerca la tecnología 5G, la inteligencia artificial o la robótica, se detenga un par de horas para respirar a los clásicos.

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