Aquellas primeras veces un reflejo en “Quién lo impide”

Jonás Trueba y los jóvenes fueron la gran sensación del Festival de Cine de San Sebastián con la proyección y presentación de Quién lo impide. Un film que refleja la juventud madrileña de la forma más honesta posible.

En 2016, Jonás Trueba presentó en el festival de cine de San Sebastián, la extraordinaria La Reconquista, cinta dividida en dos partes, y en cuya segunda parte estaría el germen de Quién Lo Impide. Allí se enamoraría de Candela, Pablo o Gavira, y muchos otros adolescentes, que coqueteaban con sus primeras experiencias en la actuación. Tenían 15 años y, en ese momento, Jonás decidió lanzarse a rodar un proyecto libre, hecho, -como ha reconocido el propio director en alguna ocasión- con dos palillos y que le ha llevado cinco años de rodaje. Un proyecto en el que la realidad y la ficción se han ido difuminando hasta dar como resultado una cinta de abrumadora claridad moral y honestidad social.

La película transita por la tan interesante y compleja senda de la docu-ficción. Varios pasajes de la cinta son presentados tal y como ocurrieron, desde llamadas de Zoom con el propio Jonás presentando la película a sus pupilos -y a su vez, a los espectadores – o a través de una larga batería de entrevistas, con reflexiones de adolescentes que pueden ir desde sentirse inseguros, su forma de entender el amor, el bullying que han sufrido, o la ansiedad que les genera estudiar.

Asistimos, literalmente, al crecimiento y desarrollo real de estos chicos a lo largo de cinco años. Es muy bonito ver cómo el nivel reflexivo y de control frente a la cámara de alguno de ellos ha evolucionado radicalmente en todo este tiempo. La cinta avanza y mezcla pasajes que tiran menos al documental y más a la ficción, recordando más al estilo tradicional de Jonás, de diálogos introspectivos propios de directores como Garrel o Rohmer.


El director abandona su estilo estático con la cámara y se lanza a realizar cámara en mano, dejándose llevar por el momento y no tanto por la reflexión visual – estética. Todo en busca de la mayor verdad y respeto hacia sus amigos y actores.

Trueba impregna la pantalla de un realismo mágico al afrontar su película desde lo la magia de su corazón. Lo mejor es cuando refleja todas sus contradicciones del caos adolescente ante lo grande que es la vida. Un caos que se refleja a través de la incertidumbre, la duda, las cosas nuevas… sobre todo de esto último porque la adolescencia es para probar cosas nuevas. Una etapa que empieza a desaparecer cuando llegan los primeros momentos de responsabilidad y futuro. La frescura de los chicos se refleja con la frescura de la inexperiencia que convierten esta radiografía de la juventud en algo transcendente dando resultado a una obra más íntima por parte de Trueba.

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